Inteligentes Tontos

 

Un pequeño problema para empezar este post: Tenemos un bate y una bola, el coste de ambos es de 1€ y 10 céntimos. Sabiendo que el bate cuesta 1€ más que la bola, ¿cuánto cuesta la bola?. La mayor parte de la gente a la que se le ha planteado esta pregunta ha respondido que el precio de la bola es de 10 céntimos.

¿Tú qué has pensado?, ¿10 céntimos?, pues la respuesta correcta son 5 céntimos.

Esta sencilla pregunta fue planteada por Shane Frederick, y este tipo de problemas, junto con otros similares, han servido para desmontar siglos de falsas creencias sobre la presunta racionalidad de las personas.

En nuestras vidas, cuando nos topamos con situaciones inciertas, no solemos pararnos a analizar detenidamente todos los datos que nos plantea la nueva situación, en vez de ello, repasamos toda una lista de atajos mentales que hemos ido desarrollando con el tiempo y que a menudo nos conducen a decisiones sin sentido.

En el caso de la pregunta anterior, esos atajos no son un método de cálculo abreviado que nos lleve a la solución correcta, más bien son una representación mental de la ley del mínimo esfuerzo, olvidamos aquellas clases de primaria donde se nos enseñaba a sumar y restar, para pensar simplemente en responder, sin esforzarnos en analizar los datos que nos ofrece el enunciado.

Podríamos tener la tentación de pensar que esto no es aplicable a personas “inteligentes”, pues siento darte una mala noticia.

Los estudios de Richard West, de la Universidad James Madison, y Keith Stanovich, de la Universidad de Toronto, han demostrado que este tipo de “defectos” de nuestra razón son más agudos y profundos en aquellas personas que podríamos denominar como más inteligentes. El nivel de vulnerabilidad de nuestra razón fue estudiado por West y sus colegas a través de cuestionarios que incluían preguntas “con truco” a 482 estudiantes universitarios.

Preguntas del tipo:

Tenemos un estanque en el que en una de sus esquinas hay un grupo de lirios. Este pequeño grupo de flores dobla su tamaño cada día. Si esta “mancha” necesita 48 días para cubrir la superficie total del estanque, ¿cuántos días necesitaría para cubrir la mitad de la misma?. La respuesta típica se calcula en base a dividir el total de días entre dos, o lo que es lo mismo: 24 días. Pero la respuesta correcta son 47 días.

A través de preguntas de este estilo, West y sus compañeros fueron analizando algunos rasgos de nuestra irracionalidad. Su intención no sólo era analizar como funcionaban éstos, lo que pretendían era conocer como correlacionaban con la inteligencia de cada uno de los individuos.

¿Y cómo midieron la inteligencia?, utilizaron un test llamado “The need for cognition scale” que mostraba el grado de disfrute e implicación de las personas en todas aquellas actividades que llevasen asociadas el pensamiento y la reflexión.

Los resultados fueron muy inquietantes; se observó que ser consciente de estas limitaciones de nuestra razón no nos hace menos vulnerables a las mismas. El motivo de que esto suceda se esconde detrás de nuestra propensión a ver los fallos de los otros con más claridad que los nuestros propios, lo que los psicólogos llaman el prejuicio de punto ciego.

Este prejuicio es un sesgo cognitivo que nos impide darnos cuenta de los sesgos cognitivos propios. Este prejuicio matiza todos esos “defectos” de nuestra razón haciéndolos menos visibles en uno mismo y mucho más evidentes en los demás.

Lo curioso de todo esto, es que aquellos individuos que demostraron tener una mayor preferencia por pensar y analizar las cosas, sufrían de una manera más aguda todas las diabluras de nuestra irracionalidad. ¿Cómo puede ser esto? A priori, el conocimiento parece precisamente el antídoto contra esas decisiones sinsentido que todos tomamos.

Pero tal y como demostraron West y sus colegas, es precisamente ese gusto por la introspección que demuestran las personas con niveles cognitivos más altos, la que impide ver la realidad. Las fuerzas de nuestra irracionalidad son invisibles a la razón, son parte de procesos inconscientes que pasan totalmente desapercibidos para nosotros y que por lo tanto no pueden ser analizados, son impermeables a nuestra inteligencia.

Las personas más propensas a la introspección pueden crear historias y argumentos increíbles para explicar el porqué de sus actos, pero desde luego estos estarán muy alejados de la realidad.

Es curioso lo tontos que nos hace ser listos, creer que lo sabes todo y lo que realmente no conoces es a ti mismo. Eso sí, nuestra habilidad para detectar los errores ajenos es una capacidad que se mantiene intacta y que genera esa falsa ilusión de vernos como personas más capaces que los demás.

Quizás la culpa de todo ello la tenga una inteligencia obsesionada en responder absolutamente a todas las preguntas, porque según lo visto en el post, es nuestra razón la que nos impide acceder a esos procesos primarios que son los que explican buena parte de nuestros errores diarios.
 

Roberto Rodríguez González.
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