Vísteme despacio que tengo prisa

 

Esto es un no parar. Las prisas marcan nuestro ritmo. Y por su culpa, las horas del día nunca nos parecen suficientes para poder llevar a cabo todas nuestras obligaciones y responsabilidades laborales y familiares. Por su culpa somos marionetas que bailan al son de una actividad frenética que buscar transformar nuestra existencia en una carrera de velocidad sin final. Además, ¡cuidado! es extremadamente contagiosa y dañina, tiene muchísimos efectos secundarios como el estrés, ¿os suena?

¡Ojo con el estrés! Produce que entremos en la reactividad y en la precipitación, consigue que nunca estemos satisfechos y nos genera ansiedad. Por ejemplo, imaginad que mañana, o cualquier mañana, llegáis a vuestro trabajo todos apurados, después de coger el clásico atasco de hora punta. Llegáis tarde y sí, toca reunión importante a primera hora. Casualmente, a los cinco minutos aparece nuestro jefe pidiéndonos que preparemos una presentación ‘para ayer’. Nos ponemos manos a la obra pero el trabajo se sigue acumulando en nuestra mesa, con mails, informes para revisar, llamadas… Sí, como de costumbre, toca comer un bocadillo para no perder tiempo… y todo acompañado de visitas esporádicas para preguntarnos como llevamos la presentación…

La presión aumenta y con ella nuestra sensación de agobio. Las decisiones que tomamos en momentos así son sin reflexión ni planificación. Terminamos la jornada exhaustos. Un día más apagando fuegos, sin progresar. Y todo por culpa de esta cultura tóxica y nociva de hipervelocidad. ¿Os sentís identificados? Según dice un estudio de la Universidad de Alcalá de Henares, casi 6,5 millones de españoles viven en este estado permanente de estrés. Y ya nadie duda que este estado merma nuestra salud física y emocional. Entonces… ¿las prisas ayudan a conseguir mejores resultados en menos tiempo?

Y ¿qué me decís del móvil? Por su culpa no disfrutamos de una cena con nuestra pareja, olvidamos estar tranquilos viendo nuestra serie favorita a su lado… ¿de verdad es tan urgente un tuit, un whatsapp? Creedme, es más urgente e importante, una caricia, un mimo, un ‘Te Quiero’.

Más allá del estrés. ‘Tanta prisa tenemos por hacer y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad que olvidamos lo único realmente importante…vivir’. Robert Louis Stevenson

Todos los seres humanos, salvo rarísimas excepciones, han conocido los efectos del ‘estrés’ en un momento u otro de su vida. Podríamos decir, en términos científicos, que surge como respuesta física a un estímulo que percibimos como una amenaza o un peligro. Es una reacción muy útil y necesaria para la supervivencia en un entorno natural, donde habitan todo tipo de depredadores. Sin embargo, esta respuesta carece de utilidad en un entorno donde no se ve amenazada nuestra integridad física. Es más, resulta exagerada, incómoda e ineficaz. Incluso puede convertirse en un grave impedimento y para muestra… otro ejemplo: No hay más que imaginar que nos encontramos en el coche, de camino al trabajo. Llevamos más de media hora parados a causa de un tremendo atasco de tráfico. Poco a poco, nos va invadiendo la desesperación. Hoy nos interesaba especialmente llegar puntuales para preparar una importante presentación. Tras los estériles insultos de rigor y el abuso del claxon, no nos queda más que atormentarnos con la perspectiva de recibir una bronca monumental. Nuestra mente interpreta la realidad que estamos viviendo como una potencial amenaza, y la lógica y la razón quedan relegadas a un segundo plano. El estrés entra en escena, liberando una serie de hormonas que activan la hipertensión. Y si no canalizamos correctamente la angustia que genera esta respuesta fisiológica, puede desembocar, entre otras cosas, en un ataque de ansiedad, taquicardia… Así, en la medida que interpretemos la realidad como una amenaza, el estrés tomará el control, generando estados emocionales de agresividad y de depresión.

Supongo que todos queremos dejar de ser esclavos de esta reacción impulsiva y sus efectos, ¿no? Pues entonces tenemos que empezar por aprender una cosa fundamental: nuestra percepción de la realidad es siempre subjetiva. Es más, el estrés es la señal que nos envía nuestro propio cuerpo para hacernos conscientes de que no podemos cumplir con las exigencias que impone nuestra mente. Por eso, cuando sobrepasados por la cantidad de responsabilidades y expectativas que recaen sobre nuestros cansados hombros, nos orientamos en exceso hacia el futuro, al preocuparnos por lo que todavía no ha pasado o por lo mucho que todavía nos queda por hacer, nuestros pensamientos nos alejan del momento presente, que es el único que existe en realidad.

Es fundamental distinguir la realidad, que es lo que ocurre en cada momento y sobre lo que podemos actuar, de nuestros pensamientos, que nos llevan a supuestos inexistentes y a desenlaces fatales que lo único que nos generan es un profundo malestar. Intentemos estar más en el ‘ser’ que en el ‘hacer’ para evitar en esa espiral de actividad descontrolada. En la vorágine del día a día apenas dedicamos tiempo para estar con nosotros mismos. Vivimos demasiado instalados en la prisa. Paradójicamente, uno de los mayores retos contemporáneos consiste en permitirnos descansar, darnos espacio para recuperarnos.

Ser y estar. ‘De nada sirve correr, lo que conviene es partir a tiempo’. Jean de La Fontaine.

A finales de los setenta, el Dr. Jon Kabat-Zin desarrolló el método ‘mindfulness’. Éste se basa en crear un espacio entre el estímulo que percibimos como una amenaza y la respuesta que damos. Se trata de aprender a ‘parar y ver’ antes de actuar, y responder de forma eficiente en vez de actuar de manera reactiva e impulsiva. Por decirlo de alguna manera, como digo siempre, ‘contar hasta diez mil antes de actuar’. No en vano, cuando estamos conectados con el momento presente somos capaces de observar la realidad de forma más objetiva, tomando perspectiva. De ahí la tremenda importancia de, valga la redundancia, prestar atención a la atención.

Cuando estamos bajo presión, entramos al trapo, pasamos a actuar con precipitación, urgencia y rapidez. Estamos permanente irascibles y resultamos fácilmente irritables, creemos que lo nuestro es lo verdaderamente importante y no lo del resto, y por lo general, provocamos una respuesta negativa en los demás. Así empieza un círculo vicioso que se retroalimenta, ya que el estrés aumenta en un entorno que percibe como incómodo u hostil. Una manera de lograr romper esta inercia, la tenemos sacando la prisa de la ecuación, dedicando tiempo a aquello que es importante, priorizando y valorando las cosas que hace nuestro entorno.

Uno de los elementos claves es gestionar nuestro tiempo y la manera más eficaz es aprender a distinguir entre lo urgente y lo importante. Así, lo urgente son aquellas tareas que tenemos que realizar en un corto espacio de tiempo, y lo importante son las tareas relacionadas con nuestras necesidades reales. Para lograrlo, podemos dedicar tiempo y espacio a reflexionar y planificar nuestra agenda de manera que atendamos nuestras responsabilidades profesionales sin perder de vista hacia dónde queremos ir. En última instancia, la mejor manera de gestionar nuestro tiempo es saber realmente qué queremos hacer con él.

De ahí la importancia de plantearnos la posibilidad de que, tal vez, renunciar a la prisa y apostar por ir despacio no sólo nos permitirá llegar antes, sino también más lejos… y acompañados. Siempre!!!

 

José Luis Casal.
Emprendedor, positivo de actitud, inquieto por naturaleza, soñador empedernido y un enamorado del ser humano, el Marketing, las Finanzas y la Comunicación.
@jlcasal
http://jlcasal.es