Cosas que las empresas saben de nosotros (y que resultan un poco inquietantes)

 

La cantidad de información que las diversas empresas y organizaciones acumulan sobre nosotros mientras navegamos por Internet es inmensa. Asusta. Hay quien dice que asusta por la precisión con la que conocen nuestra intimidad y los detalles de cada individuo; otros en cambio se asustan al comprobar la baja calidad de dichos datos y lo equivocados que pueden estar los sistemas automáticos, algoritmos e individuos que los gestionan.
Un ejemplo de lo primero son los bancos, las tiendas de Internet o las redes sociales: casi todas ellas construyen un perfil de sus clientes o de los visitantes a sus webs en función de los lugar en que compran, los productos que han adquirido, los que simplemente han mirado o los rastros que van dejando en juegos, cuestionarios o interacciones con otros usuarios (edad, trabajo, amigos…).

El ejemplo de lo segundo son las agencias de inteligencia y muchas organizaciones y empresas que acumulan datos por acumular: mensajes y chats, llamadas de teléfono, geolocalización… Fue el filósofo y activista político Noam Chomsky quien lo hizo notar cuando una vez consiguió el “expediente secreto” que sobre su persona guardaba el FBI. A pesar de lo público de su perfil, de su transparencia, de su abierto activismo y de los cientos de artículos y libros que había publicado, la agencia era incapaz de hilar correctamente algunos de los datos más básicos sobre su persona.

Hace poco se publicó en ProPublica el artículo ‘Everything We Know About What Data Brokers Know About You‘ donde se intentaba arrojar algo de luz sobre esta interesante cuestión. Es altamente recomendable para quien le gusten estos temas. También el libro The Numerati de Stephen Baker (editado en español por Seix Barral) contiene jugosa información sobre “cómo funcionan” estas actividades en la red y el mundo real.

En general sucede que los data brokers (que es como se conoce a los individuos, organizaciones y empresas que venden información personal) consiguen eludir todas las trabas para recopilar y revender la información a pesar de las leyes que protegen la privacidad de los individuos. La situación varía de unos países a otros, pero combinando lo que sucede en Estados Unidos y lo que sabemos de España el panorama sería más o menos este:

La información básica tal como nombre, edad, dirección, etcétera, puede conseguirse de listados públicos, como el listado del censo, el BOE, registros de propiedad, notificaciones de ayuntamientos… Esto se puede afinar con datos extra (números teléfonos, correos, sexo…) combinándolo con los de otras empresas: cualquier compañía que emita una de las famosas tarjetas de fidelización tiene por lo general permiso para revender los datos si el usuario aceptó las condiciones de contratación (¿Recuerdas la “letra pequeña” que firmaste? Pues eso. ¿Sabes por qué todas las empresas tienen una tarjeta de éstas aunque no valgan para gran cosa? Pues lo mismo).

En un siguiente nivel la información se puede refinar aun más con datos procedentes de la actividad en Internet: diversos nombres y perfiles, popularidad según el número e contactos o amigos en las redes sociales, empresas en las que trabaja o ha trabajado… Las tiendas físicas y las tiendas online tampoco tienen problema en revender los datos de sus tarjetas de fidelización o de las listas de productos comprados si tienen autorización para ello –o una “autorización general” que suele incluir todo lo demás (nuevamente: ver la “letra pequeña”).

Las empresas que quieren esos datos suelen estar interesadas en lo que denominan eventos relevantes, como pueden ser el nacimiento de un hijo, una cambio de trabajo, de vivienda… Se pueden adivinar muchas cosas si se examinan los estados de Facebook, las listas de productos de la compra o los libros que uno lee. No solo es que se pueda saber que alguien está intentando bajar kilos haciendo una dieta; también se puede deducir por la edad de los hijos cuándo comenzarán la Universidad o –como sucedió en un famoso caso– intuir que pronto va a nacer un bebé porque la madre estaba comprando ácido fólico y otros suplementos vitamínicos en el supermercado: la sorpresa del futuro padre –a la que su pareja todavía no había dado la noticia– fue mayúscula cuando vio que a la casa llegaban folletos de productos para bebés (!).

Se podría pensar que los registros médicos están más protegidos y que los data brokers no pueden negociar con ellos. Ciertamente están entre los más delicados y más protegidos por las leyes, pero hay muchas formas de saber el estado médico de una persona sin necesidad de hurgar en su historial detallado: se pueden conocer por los productos que compra en la farmacia, por las palabras que teclea en un buscador o a través de las compañías de seguros: Prozac = antidepresivo; mareos por diabetes = trastorno metabólico; baja por pierna rota = poca movilidad durante un mes.

La situación puede parecer un tanto exagerada, pero también hay que tener en cuenta un par de cosas. Por un lado, las compañías hacen esto de forma masiva y en general no se enfocan en una persona concreta, tan solo en un grupo según su edad/sexo/ingresos o similar –de modo que “no es nada personal” (con organizaciones como la policía o las agencias de inteligencia, por otro lado, sí puede ser algo personal, según lo que haya hecho esa persona). Por otro lado, es improbable que se obtengan todos los datos posibles de la misma persona: los perfiles que manejan los data brokers suelen estar incompletos (tal vez no tanto hoy en día como decía Chomsky hace años) y depende mucho de la visibilidad que hayan querido tener o no los sujetos en cuestión.

Por último hay otra forma de ver todo esto: hay quien prefiere tomárselo con relax y disfrutar. Dado que esos datos ya circulan por ahí –o van a circular– lo mejor es vivir la vida y compartir la información sin agobiarse demasiado: en el fondo se trata de que tras varios saltos se conviertan en ofertas y publicidad mejor “afinada” a cada persona, que luego es libre de comprar o no los productos o servicios en cuestión. Y es que, al fin y al cabo, al menos los individuos tenemos la última palabra en todo esto en la mayoría de los casos.

 

Álvaro Ibáñez
Tecnólogo.
http://www.sinvueltadehoja.com
@Alvy