Como pollos sin cabeza

 

El otro día escuchaba una frase en la radio que, bajo mi punto de vista, refleja a la perfección buena parte de los problemas de nuestra sociedad. Esta frase decía: “… sobra inteligencia y falta constancia”. Cuando las cosas te llaman la atención es por algo, y en mi caso, ese algo es la sociedad con la que interactúo y a la que le hago preguntas tan sencillas, a priori, como: ¿por qué has escogido tus estudios?, ¿qué es lo que te gusta?, ¿cuáles son tus pasiones?,… Los resultados de mis pesquisas suelen toparse con apatía, con desgana, con falta de energía e ilusión por hacer las cosas. Me falta vocación, me falta pensamiento propio, no encuentro ideas y me sobran recetas de conceptos precocinados y presentados en el mismo plato una y otra vez. Una sucesión de fotocopias carentes de sentido y muy lejos de la autorrealización que se le debería exigir a cualquier profesional.

Una buena metáfora para entender estas respuestas se encuentra en nuestra relación con el tiempo. El tiempo en un factor determinante para medir los esfuerzos y la capacidad de sacrificio de la sociedad. Si envías un video de cinco minutos por correo electrónico es muy probable que poca gente lo vea. Hoy en día cinco minutos en internet son una eternidad, son millones de clicks, idas y venidas sin un rumbo claro y con un único objetivo: vagar entre millones de estímulos sin que nada se quede, todo pasa rápido por delante de nuestro ojos. El tiempo se ha convertido en esto, en un viaje fugaz en el que cada día hay más cosas hacia dónde mirar y pocas a las que ver. Bajo estas circunstancias, estudiar cinco años, o peor aún, cumplir esa regla de las 10.000 horas para convertirse en un maestro, parece una empresa harto complicada. Si un video de cinco minutos es algo duro de asimilar, imagínate centrarte en un tema concreto 10 años de tu vida.

Resulta revelador comprobar que a pesar de todo ello admiramos a las personas que son muy buenas en sus campos profesionales: estudiosos, empresarios, investigadores, deportistas, artesanos,… a todos nos gustaría ser como ellos, personas que dominan lo que hacen y disfrutan de esa sensación de control. Esa sensación de control es fruto de miles de horas de esfuerzo, de trabajo duro y de sacrificio. El resultado es una pasión altamente contagiosa que a todo el mundo atrae y encandila, pero ocurre, que detrás de la misma hay un camino invisible para el gran público y del que no somos conscientes. Detrás de las vidas inspiradoras suele haber de todo menos un camino de rosas, y en todos los casos se repiten historias de perseverancia, de sueños perseguidos hasta la extenuación. Ver la foto final resulta muy sencillo para cualquiera, el caso es que si nos propusiesen todas las penurias y privaciones necesarias para conseguirla, pocos aceptarían el trato. Parece contradictorio, admiramos cosas que luego evitamos por suponer demasiado esfuerzo.

Tal y como decían en la radio, somos más inteligentes que nunca pero nos están robando la constancia que necesitamos para construir nuestros mundos personales. Mundos donde apostemos por lo que nos gusta, algo muy complicado de encontrar en una sociedad repleta de tentaciones banales y carentes de sentido. Si no somos capaces de encontrar lo que nos apasiona será realmente difícil que tengamos la perseverancia necesaria para llegar a buen puerto.

Tenemos entre nuestras manos un par de generaciones a las que le estamos robando este bien tan preciado, el de hacer lo que les gusta. Les damos todo masticado. Nos encanta decirles cómo tienen que vivir y qué deben de hacer ante cada una de las encrucijadas de la vida. Tras la buena intención de evitar el sufrimiento estamos generando uno nuevo, más indirecto pero mucho más doloroso a largo plazo, básicamente porque convertimos a las personas en seres menos capaces.

Los estudios es otro de esos buenos ejemplos. Recomendar carreras, hacer aquello que tenga más salidas,… consejos que alejan a las personas de descubrir lo que realmente les gusta, del placer de vivir una vocación. Sólo cuando vivimos ese placer es cuando se enciende la chispa de la constancia, la otra cara de la moneda son los atajos, las fórmulas rápidas para conseguir esa foto final que nos han pintado otros. Deberían prohibir los rankings de aquellos estudios con mayor demanda, porque lo único que provocan es confusión entre unos jóvenes cuya quimera es ganar dinero para tener acceso a un mundo repleto de estímulos superficiales.
Mientras cinco minutos sigan siendo una eternidad, tendremos el problema de que nuestra atención se entretendrá en todo pero no entenderá nada. Si no pensamos no avanzamos, y en estos tiempos tengo la sensación de que más que pensar lo que nos gusta es correr como pollos sin cabeza.

 

Roberto Rodríguez González.
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